Aunque algunos hacen jornada completa y tienen como buen medio de transporte un carro y un caballo, otros aparecen en el paisaje apenas empieza a caer el sol. Cada tarde, madres, padres, hijos e incluso abuelos tomarán el Tren Blanco para llegar a su lugar de trabajo: las calles de Capital Federal. Es hora pico, y aunque miles de automóviles se mueven apurados para llegar a sus casas, los cartoneros recién empiezan, y se hacen respetar en ese barullo de bocinas, teniendo casi exclusivamente un carril para ellos y sus carros que van llenando de cartón, papel y plástico, y en un lugar aparte lo que se encuentre de comida para la noche. Ni hablar de que arriba del carro siempre uno o dos, los menores de la familia que todavía son muy pequeños para ayudar, el del medio y la mayor caminan a la par del padre. Caminan en la calle para sobrevivir. El sueño cotidiano es llenar el carro y la esperanza es vender bien. Si el día es bueno, pueden llegar a los 15 pesos, dependiendo de la habilidad, la suerte, y el conocimiento de la zona.
Sin aportes jubilatorios ni obra social, los cartoneros porteños son considerados unos trabajadores más, ni vagos ni linyeras, trabajadores, dignos, sacrificados y desgastados, por llevar arrastrando además de su carro, la marginalidad, aislamiento y discriminación por parte de una sociedad, que una vez los dejó sin su empleo en blanco, y tampoco acepta su reinserción en el ámbito laboral e integración.
martes, 7 de octubre de 2008
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