lunes, 20 de octubre de 2008

Vida sobre ruedas

Juan Carlos tiene un trabajo decente, distinto al del resto de las personas que viven en esta ciudad, corriendo sin saber para dónde ir, con horarios fijos y sentados frente a una computadora 12 hs por día. Juan Carlos vive muy poco tiempo en su casa fija, porque su segunda casa es móvil, manejada por el; su segunda casa es el lugar donde trabaja y se pasa todo el día. No tiene dirección sino que delante y detrás tiene una chapa negra con letras y números de color blanco que dicen AIZ 239. Si se le rompe una manguera, Juan Carlos no llama a un plomero sino que lo lleva al mecánico; si se le corta la electricidad, lo lleva a que le cambien la batería y no llama a Edesur y si se le llega a abollar la chapa no llama a un albañil, la lleva al chapista.
Juan Carlos vive sobre ruedas llevando cosas de aquí para allá, y solo ve a su familia de vez en cuando. El tiene un aspecto reacio, duro y malvado, esa es la cara que solo pone para poder sobrevivir en la calle y hacerse respetar, pero en realidad Juan Carlos no es tan así, sino que es un buen padre y un buen esposo, atento y lleva siempre algún souvenir del lugar donde el visito por trabajo.
Trabaja para la empresa "Ráfaga Blanca", y constantemente tiene que llevar carga desde Buenos Aires, hacia el resto del país y el exterior en países como Chile, Brasil, Paraguay, entre otros, y desde estos hacia Buenos Aires. En sus largos recorridos Juan Carlos come, ríe, extraña, disfruta, duerme y se hace amigos, en algunas paradas obligadas, en estaciones de servicio y en algunos paradas ocasionales que se crean ante la imposibilidad de paso por nieve como sucede en pleno invierno en el paso a Chile por la cordillera, allí disfruta con sus otros colegas. Después de estar bien descansado vuelve a la ruta y continua su trabajo hasta llegar a su destino para luego volver nuevamente cargado hasta un nuevo destino.

Diego Javier Mariño

miércoles, 15 de octubre de 2008

El hombre del colectivo que no es el chofer

-Tenga usted muy buenos días, disculpe las molestias. Vengo a ofrecerles un producto para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero.
De ese modo y con esta frase, aparece un hombre de tez morocha y clase baja, en su mayoría, vistiendo una gorrita que lo protege del sol que recalienta las calles, unos jeans un poco gastados y unas zapatillas medio arruinadas, a causa de tanto andar. Este hombre interrumpe tu viaje en colectivo por unos pocos minutos y se para al lado del chofer. En realidad, intenta pararse, porque de una mano siempre lleva una caja de cartón, un maletín o una bolsa y con la otra se sostiene. Y a su vez, teniendo las dos manos ocupadas debe mostrarle a los pasajeros lo que viene a ofrecer. Se enriedan las manos, mientras se tambalea el cuerpo, sujetando el producto con la pera y apretando con sus piernas el empaquetado que apoyó en el piso.
Ya estabilizado, comienza con un monólogo interminable y explica a sus futuros compradores ( porque mucha fe se tiene) qué es lo que vende, a qué precio, por qué es conveniente y que tiene unos quinientos que mantener, entre hijos, nietos y bisnietos y no sé cuantas desgracias más que le ha tocado vivir a este pobre infeliz que ha terminado vendiendo golosinas, artículos de librería, broches, esencias florales, tes digestivos y otras tantas cosas mas a un precio increíble.
Pero nada he contado del público, de los pasajeros, de aquellos que sentados en sus asientos luego de una larga jornada de trabajo o estudio, arriman sus cabezas hacia la ventanilla y cierran sus ojos en el mismísimo momento en que observan a este sacrificado vendedor ambulante subirse al colectivo. Esta es una magistral forma de escaparle a la agobiante tarea de decirle a ese "vago" (porque muchos por ignorantes lo consideran así) que se acerca uno a uno de los pasajeros, simplemente "No, gracias".
También estan aquellos que le tiran unas moneditas, esas que a uno les sobran y las saca del bolsillo de la campera o de la billetera, entre pelusas y algunos boletos viejos, que juntas no suman más de 40 o 50 centavos. Y de todos los pasajeros, con suerte uno, realiza la compra del día.
A este hombre la vida se le marca en el cuerpo. Cada arruga en su rostro marca cada día de trabajo, cada escalón subido y bajado. Y ya abajo, sube a otro, prueba suerte y así llega a su casa. Trae consigo mucho paisaje, ha conocido mucha gente y ha ganado... algo

Fin



Sabrina Ordiales

jueves, 9 de octubre de 2008

La del Corazón grande

Hace dos meses visité a una prima mía, entre mate y mate y meta chismes escucho ruidos en el baño. Se trataba de Lucy, una señora que frecuenta la casa de mis tíos martes, jueves, y porqué no, sábados también.
Petisita, tez morena, con arrugas en las manos y en su rostro. Pelo corto, con raíces y mucho frizz.
Se me acerca, se presenta con una sonrisa, caracterizada por la ausencia de su maxilar superior. La miro, la saludo y le pregunto cómo está. Instantaneamente me responde :
- Masomenos, ando con dolore de espalda viste, encima el alesi se me agarro una angina, el juan, mi marido, viste! que casi lo echan y del callo del pie ni te cuento. Asi andamos!
Al terminar con su monólogo, le convido con facturas, me agradece, toma una e inmediatamente se retira con un poco de prisa, gritando:
- Mejor me apuro, así termino rapidito que la Prince sale a las seis del cole.
Ahí mismo, fue cuando me pregunté qué será de la vida de ésta pobre.

Lucy de aproximadamente 50 años de edad, es de esas mujeres a quienes al no alcanzarle el dinero para el sostén de su familia, decide salir a trabajar.
Vive en Dock Sud, en los suburbios. Hace un año se incendió su casa, y todavía no encuentran causas de ello. Tiene tres hijos, Alexis de 11 años, Prince de 9 y Diana que no vive más con ella. Juan, su marido, trabaja en una de esas casas dónde se alquilan chicas, como "mesero" eso dice.
La pobre mujer trabaja en cinco casas distintas, ayudando con las tareas del hogar. Cobra $8 la hora y me pregunto ¿realmente cuesta $8 todo lo que aquella pobre mujer llega a hacer en una hora? Que te ordena aquí, que te ordena allá, lava trastos y pisos, plancha camisas, pliega camas, barre y ni hablar de como te deja los vidrios, su especialidad.
Si vieran con qué alegria hace su tarea, como si su vida fuera perfecta sin problemas ni preocupaciones. Ella viene, hace su labor, luego te acompaña cebándote mates, te escucha, te cuenta, te aconseja, todo con plena sinceridad. ¿Será feliz?
Lo dudo. Cuando llega a su casa, después de un largo día, como quien dice, Lucy no descansa. Tiene ropa que planchar, buches que llenar, limpieza que hacer y un marido pa´ complacer.
Esta pobre mujer que ni con su vida debe poder, es más buena que el pan. La gente le da su ropa cuando ésta gastada está, Lucy nunca dice no. Agradece todo en la vida, optimista y nada de delirar, bien humilde, pies sobre la tierra, orgullosa de su pasar.
La otra noche me contaba que La Diana fue para Luján, y que en Rodriguez una ampolla le impidió avanzar.
La desdichada no se queja y da sin condición, Ya en el barrio la rotulan "la del enorme corazón". Los días para ella son todos iguales, y de las semanas ni hablar. Sin embargo, los viernes cuando le toca casa, hacemos un lugarcito y a matear!


Nadia Soledad Bonfigli

miércoles, 8 de octubre de 2008

Esteban, un tipo de barrio

4:00 de la mañana. Salgo de mi casa oscura, en silencio, para que nadie se de cuenta de mi ausencia.
Todos alli duermen, pero yo, yo ya estoy con los ojos abiertos, preparado para lo que viene.
Es temprano y en las calles casi nadie está despierto. Llego a mi sitio, levanto, con ayuda de las cadenas, esa pesada perciana de metal.
En eso, el camión llega... yo, sacándome de la boca esa bombilla con gusto a mate amargo y bien caliente grito: -Bajame 4, Negro, que hoy es sábado y mañana no pasás.
Con ayuda de su hijo Crhistian, con poco tiempo en el oficio, acomoda las medias reses cerca de la afilada maquina, y yo colocándome los guantes, me dispongo a cortarlas.
En eso, se hacen las 8, ya es hora de abrir.
Como todos los dias, veo pasar a la señora Palma, viejita simpática si las hay, que va con su hija "la Cuqui" como ella la llama, a acompañarla a la parada del colectivo, y de regreso pasa por la panaderia, compra medio kilo de flautitas y 6 medialunas de grasa, y se dirige a mi carnicería, compra un churrasquito de hígado para su nietita, que hace poco empezó a comer, 2 churrascos para el medio día, y se despide de mi con un cordial : -Que tenga un buen día, buen hombre.
Ya acercándose el medio día, y como es costumbre los sábados, aparece la impactante figura del "gordo Luis", que viene a comprar la carne para el habitual asado de los domingos: que dame 10 choris, que pasame 2 tiras de asado, que dame un chimi de esas botellitas que siempre tenés; en fin, por lo poco que lo conozco, parece buen hombre este, aparte me parece que el yerno le cae toodooosss los domingos a comer: Me da risa... pobre de él.
Al llegar las 12:00, ya me preparo para cerrar, y como también es costumbre, aparece Agustina, la hija de don Braulio, con una cara que claramente denota que recién ha abierto sus ojos luego de una noche de boliche, a los gritos y chifles, pidiéndome que la espere, que se había olvidado de comprarle el ojo de bife que le gusta a su papá.
Y asi termina el día laboral de hoy, pero ahora llega la mejor parte de esto, que es mi otro trabajo, el de padre, ese que más me gusta, por el cual me desvivo; quiero conseguir la perfección, y espero algún día lograrla.

Giuliana Marlene Parola.

AGUAFUERTE: Diariero

EL HOMBRE QUE SE INTERESA POR LAS HOJAS.
Miro, y el viento no las deja tranquilas, se mueven con fuerza; tratan de evitarlo pero, el viento les gana; me pongo en su lugar y lucho contra este: una piedra encima de ellas y listo, suficiente para que descansen bajo el recién salido sol.
Pijamas con vida salen caminando, con destino a su trabajo o a su futuro; trato de ser amable pero no logro ni siquiera conseguir sus miradas, muy entretenidos con sus nuevos aparatos cuadraditos, de esos a los que con solo presionarles un botón, dejan oír una música que empieza a entrar en los oídos de sus dueños.
Ellos me ven, me buscan y solo escucho:
El Clarín por favor, ¿cuánto es?
Y yo, con una sonrisa: Señor/a, ¡buen día! son $3.50. Y suelo agregar alguna opinión sobre el tiempo climático, pero solo con un movimiento de sus cabezas me responden. Esto ya es una rutina, y a veces lo admito “me siento solo”, pero luego rápidamente me convenzo: es muy temprano.
Luego trato de entretenerme ojeando algunas de las hojas recién impresas hasta que escucho una nueva voz: Disculpe, señor, ¿conoce la calle...?span>


-Buen día, señora, sí, siga derecho por esta y en la esquina doble a la izquierda, ¡que tenga un buen día!

Y con una sonrisa desaparecen.

También aparecen esas personas a quienes da mucha alegría ver: vecinos, amigos, con sus charlas, chismes pero solo hasta que el sol empieza a querer esconderse, se despiden de mí y continuo solo, aparece nuevamente el silencio.

-Y ahora ¿qué hago?

Luego, la tan esperada hora llega, camino, observo y veo a mi familia que me espera con una sonrisa de oreja a oreja, la comida ya lista y servida en la mesa.

La oscuridad abunda, la noche llega y así también se va; acostado ya, intento dormir, pensando.

-¿Cómo es que puedo hacer para que el viento no moleste más a las hojas sin lastimarlas con una piedra pesada?

MARIA SOLEDAD DE CESARE

martes, 7 de octubre de 2008

De profesión: Cartonero

Aunque algunos hacen jornada completa y tienen como buen medio de transporte un carro y un caballo, otros aparecen en el paisaje apenas empieza a caer el sol. Cada tarde, madres, padres, hijos e incluso abuelos tomarán el Tren Blanco para llegar a su lugar de trabajo: las calles de Capital Federal. Es hora pico, y aunque miles de automóviles se mueven apurados para llegar a sus casas, los cartoneros recién empiezan, y se hacen respetar en ese barullo de bocinas, teniendo casi exclusivamente un carril para ellos y sus carros que van llenando de cartón, papel y plástico, y en un lugar aparte lo que se encuentre de comida para la noche. Ni hablar de que arriba del carro siempre uno o dos, los menores de la familia que todavía son muy pequeños para ayudar, el del medio y la mayor caminan a la par del padre. Caminan en la calle para sobrevivir. El sueño cotidiano es llenar el carro y la esperanza es vender bien. Si el día es bueno, pueden llegar a los 15 pesos, dependiendo de la habilidad, la suerte, y el conocimiento de la zona.
Sin aportes jubilatorios ni obra social, los cartoneros porteños son considerados unos trabajadores más, ni vagos ni linyeras, trabajadores, dignos, sacrificados y desgastados, por llevar arrastrando además de su carro, la marginalidad, aislamiento y discriminación por parte de una sociedad, que una vez los dejó sin su empleo en blanco, y tampoco acepta su reinserción en el ámbito laboral e integración.

viernes, 23 de mayo de 2008

¿Qué tan bárbaros pueden ser los bárbaros y, qué tan civilizados los civilizados?

Según la historia, se considera bárbaro a aquella persona bruta, sin educación, a los proletariados, a los gauchos, a los de bajos recursos, entre otras cosas; son los considerados la enfermedad de una sociedad. Así lo hace notar muy claramente el Martin Fierro, se ve cómo el gobierno ha ido manipulando y desponjando de la sociedad a la supuesta "enfermedad", se hace mucho hincapié en que los bárbaros debian ser perseguidos para que no revolucionen a toda una población y luego si era posible, ejecutarlos o mandarlos a la frontera para luchar contra los indios.Ahora bien, si nos ponemos a analizar estas características que los civilizados ponen en los bárbaros, podemos, claramente, ver que todo el mal de una sociedad está puesto en los supuestos rebeldes, osea son los que generan constantes disturbios.¿No serán los civilizados quienes provocan que los bárbaros sean llamados bárbaros? Porque si vamos al caso,  podemos decir que a lo largo de toda la historia argentina siempre se ha censurado a los rebeldes, a los de ideales liberales, pero nunca ninguno de nosotros se puso a pensar qué es lo que hacemos  para que los "malditos bárbaros"  dejen de ser enfermedad, o porqué insistimos llamarlos así o excluirlos.. no será por que pueden llegar a poner a la vista las grandes manipulaciones de un gobierno  o las corrupciones de los mismos, que es mejor armar un gran circo para que toda la población piense que el mal son ellos y no nosotros?.Nosotros...quá palabra tan amplia, esa palabra tan simple pero que dice tantas cosas al mismo tiempo...nosotros somos quienes les damos de comer a las grandes instituciones;nosotros somos los primeros en fijarnos en el ombligo ajeno sin fijarnos en el ombligo nuestro que deja mucho que desear;nosotros, quienes nos creemos cualquier mentira;nosotros, que permitimos cualquier manipulación por miedo a perder tantas cosas;nosotros, los responsables del pasado, presente y futuro, quienes no nos hacemos cargo de nada;a todo esto por si a caso, ¿no lo podemos llamar una gran ENFERMEDAD?Nosotros somos vulnerables a todas estas situaciones; vulnerables porque es de la mejor forma de no hacerce cargo de algo que nos pertenece; siempre es mejor echarle la culpa a un gobierno, a un presidente al fondo monetario, pero nunca somos capaces de reconocer que los bárbaros son bárbaros porque así preferimos nosotros que sean, porque nos convenía y nos conviene considerarlos seres inferiores, y cada día subrayar más y más eso para no tener dudas, ya que la duda puede desmoronar todo lo que se trató de construir en varios años  (aunque bajo una mentira) pero la duda en realidad no es esa, la duda está en que si realmente hicimos algo para que esto cambia , en si realmente tenemos miedo de que se destape la gran olla y un día la verdad salga a la luz..,ese día seguramente será cuando los civilizados dejen de ser bárbaros y los bárbaros dejen de ser civilizados. Porque con todas estas hipocrecías no podemos pretender llamar a un civilizado, Civilizado, ya que de correcto y valores no tiene nada de solidaridad mucho menos...eso tendríamos que aprenderlo de los bárbaros quienes en épocas de malas cosechas o en cuestiones financieras se apoyaban unos a los otros...así por dar un ejemplo...cosa que nosotros nunca vamos a entender ya que todo lo que hacemos es para lograr un objetivo personal y no un bien comun colectivo.